By Wilder Pérez Varona, La Joven Cuba, July 22, 2026
| Wilder Pérez Varona. Foto: La Joven Cuba. |
A pesar del
consenso sobre la necesidad de hacer cambios en la economía cubana, las medidas
anunciadas el 25 de junio de 2026 han abierto más preguntas que certezas.
Llegan en medio de una crisis que combina contracción productiva, colapso
energético y éxodo migratorio, agravada por el recrudecimiento del cerco
estadounidense. Y bajo estas circunstancias es imposible no preguntarse quiénes
podrán acumular riqueza, qué ocurrirá con los trabajadores de los sectores
menos rentables, cómo se evitará que privilegios burocráticos muten hacia
formas oligárquicas, y qué papel jugará el mercado. ¿Alcanza con leer este
paquete como un ajuste técnico para salir de la angustiosa crisis? Para aportar
a este debate converso con el investigador cubano Wilder Pérez Varona, doctor
en filosofía, ensayista e investigador cubano, quien ha dedicado tiempo a
analizar la recomposición del imaginario político en Cuba, sobre todo en el
ecosistema digital. En estos momentos, investigador posdoctoral del CONICET por
la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). En el diálogo Wilder examina
qué relaciones de poder redefine la reforma, qué estructura social empieza a
consolidarse detrás del lenguaje del «perfeccionamiento del socialismo» y si es
posible sostenerla sin transformar, también, el ordenamiento político que la
administra. Estamos frente al paquete de reformas más abarcador en los últimos
30 años. ¿Son solo medidas técnico/económicas? No. El paquete aprobado de 176
medidas tiene un contenido profusamente técnico —tipos de cambio, sociedades
por acciones, procedimientos de quiebra—, pero su naturaleza es decididamente
política. Estas medidas no solo cambian la economía; cambian quién tendrá poder
sobre la riqueza del país durante las próximas décadas. Es cierto que nacen de
una emergencia. Cuba enfrenta una crisis productiva, energética y demográfica a
la que es difícil hallar precedentes, agravada por el endurecimiento del asedio
estadounidense. Hoy Washington restringe el comercio, intenta impedir el acceso
al financiamiento, desalienta la inversión extranjera y obstaculiza el
suministro de combustible, mostrando que existe una estrategia deliberada para
cerrar cualquier margen de recuperación económica. Pero reconocer el peso del
bloqueo no significa asumir que las reformas son políticamente neutras. Toda
reforma económica redistribuye poder. El problema no es únicamente cómo
producir más, sino quién decidirá sobre esa riqueza y quién se beneficiará de
ella. El cambio más importante de este paquete no es que exista más mercado, sino
que se redefine la relación entre propiedad y poder. Una empresa puede seguir
llamándose socialista mientras los trabajadores y la ciudadanía no tengan
ninguna capacidad real para decidir sobre ella, con lo cual la propiedad social
se vuelve una ficción jurídica. GAESA es el ejemplo más claro de ese mecanismo.
Más allá de las noticias recientes sobre liberación de activos, podría
conservar su capacidad de gestión con estas reformas, y convertirla en
participación accionaria sobre las mismas empresas que ya dirigía. La propiedad
sigue siendo, en el papel, del pueblo; quien decide sobre ella sigue siendo, en
los hechos, quien ya decidía antes de la reforma. Hay consenso en que el modelo
de estatismo burocrático agotó sus posibilidades. Cuba necesita empresas más
dinámicas, mayor autonomía de gestión y nuevos espacios para la iniciativa
económica, pero ¿autonomía para quién y bajo qué controles? Las medidas
proponen fortalecer a las empresas y a los nuevos actores económicos, pero
apenas hablan de democratizar las decisiones sobre la riqueza que producen.
Estamos descentralizando empresas, pero no necesariamente poder. Eso también
modifica la lógica del proyecto socialista. Durante décadas, con muchas
contradicciones, la igualdad fue el punto de partida del modelo. Como afirmó el
propio Díaz-Canel, hoy la secuencia parece invertirse: primero acumular,
después redistribuir. El crecimiento deja de estar subordinado a la justicia
social; la justicia social pasa a depender del crecimiento. Esto es un cambio
de filosofía económica. El mercado puede ser un instrumento útil para
desarrollar una economía socialista. Lo que no puede hacer es sustituir la
política. Si las nuevas oportunidades de acumulación no van acompañadas de
transparencia, regulación democrática y control social, el riesgo es que
terminemos sustituyendo una burocracia poco eficiente por una nueva élite
económica estrechamente vinculada al poder estatal. El Programa Nacional de
Valoración de Activos, sin un sistema judicial independiente ni transparencia
sobre quién compra qué, puede convertir a gerentes y cuadros militares en
accionistas legales de las mismas empresas que hoy administran a nombre del
Estado. Esto es, con matices, lo que ocurrió en buena parte de la transición
postsoviética. Por eso el debate no debería reducirse a Estado o mercado. La
discusión de fondo es si estas reformas ampliarán la socialización del poder
económico o si abrirán el camino a una nueva estructura de privilegios. ¿Qué
impactos se avizoran a la estructura socioclasista que se viene configurando en
los últimos años? Estas reformas, en caso de implementarse, cambiarán toda la
sociedad. Y, sobre todo, cambiarán las relaciones de clase. Durante décadas, el
socialismo cubano consiguió construir una sociedad mucho más igualitaria que la
existente antes de 1959. Esa igualdad relativa comenzó a erosionarse desde los
años noventa con las remesas, el turismo y la expansión del sector privado. Lo
nuevo es que ahora la diferenciación social deja de ser una consecuencia de la
crisis para convertirse en un componente estable del modelo. Habrá más
empresarios, empresas más grandes y mayor concentración de riqueza. Claro que
toda economía necesita actores capaces de invertir, innovar y asumir riesgos.
La cuestión es quiénes serán esos empresarios, si emergen del trabajo
productivo y de la innovación, o bien de la conversión de privilegios
burocráticos en propiedad privada. Ese riesgo existe porque la frontera entre
administrar recursos públicos y apropiarse de las oportunidades que genera la
reforma puede volverse cada vez más difusa. La eliminación del tope de cien
trabajadores para las mipymes y la posibilidad de que una misma persona sea
titular de varias empresas sientan las bases para una acumulación de capital.
La conversión de empresas estatales en sociedades por acciones, con
particulares comprando participaciones, es el mecanismo concreto de esa
concentración. Todavía no sabemos si esas acciones las comprará el emprendedor
que arriesgó capital propio o el directivo que ya administraba la empresa antes
de que se convirtiera en sociedad. Al mismo tiempo, también cambiará el mundo
del trabajo. El universo, hasta hace algunos años relativamente homogéneo, del
empleo estatal dará paso a trabajadores con condiciones muy distintas según el
sector, el acceso a divisas, las remesas o el vínculo con empresas privadas y
extranjeras. El llamado «muro de la divisa» puede consolidarse, esta vez por
diseño, como la principal línea de fractura de la sociedad cubana. Esa
desigualdad tendrá además color, territorio y apellido, porque quienes
dispongan de capital inicial, familiares en el exterior o mejores redes
económicas partirán con ventajas evidentes frente a quienes dependan
exclusivamente de un salario en pesos. En el territorio se ve con mayor
crudeza, ya que descentralizar hacia municipios sin base industrial ni
atractivo turístico distribuirá más déficit que autonomía. Las diferencias
sociales tenderán a reproducirse de generación en generación si el Estado
renuncia a intervenir sobre ellas. Otro cambio igual de importante es el
tránsito de políticas universales hacia subsidios focalizados, tantas veces
anunciada, que modifica la relación entre ciudadanía y Estado. Ahora se propone
una plataforma que clasifica a las personas como «vulnerables» para decidir
quién recibe ayuda y quién no. Los trabajadores de las empresas rentables se
integrarán, de algún modo, al nuevo circuito de la economía; los de las
llamadas empresas «zombis» quedarán expuestos a la quiebra o la liquidación. La
igualdad deja de entenderse como un derecho y la «vulnerabilidad» —es decir, la
pobreza— pasa a administrarse como una condición permanente. El riesgo es que
el Estado deje de prevenir la desigualdad para limitarse a gestionar sus
consecuencias. El problema no es solo cuánto crecerá la desigualdad, sino qué
tipo de poder producirá. Como es sabido, cuando la riqueza se concentra,
también tiende a concentrarse la capacidad de influir sobre las decisiones
públicas. Por eso no basta con preguntarse si se consolidará una nueva
burguesía. La pregunta decisiva es si Cuba contará con instituciones
suficientemente democráticas para impedir que el poder económico termine
capturando también el poder político. Las reformas redistribuyen mucho más que
ingresos; redistribuyen poder. Y será esa nueva distribución del poder, más que
las propias medidas económicas, la que terminará definiendo la Cuba que viene.
¿Por qué dices que modelo propuesto hace suponer la desigualdad como parte de
su estructura y condición para su funcionamiento? No es porque el Gobierno haya
decidido que la desigualdad sea un objetivo, sino porque el nuevo modelo
termina convirtiéndola en una condición para dinamizar la economía. Ese es,
probablemente, el cambio más profundo que introducen estas reformas y que, digan
lo que digan, se aparta de los documentos rectores aprobados anteriormente. Se
puede seguir, medida por medida, cómo la inversión de la lógica que organizaba
la producción según principios de distribución igualitaria queda incorporada al
diseño técnico. La fijación salarial, ahora descentralizada y supeditada a la
«capacidad económico-financiera» de cada empresa, condena a los trabajadores de
los sectores menos rentables a la precariedad mientras habilita salarios
liberados en el sector dinámico. Los procedimientos de quiebra, con
indemnizaciones de apenas tres a seis meses, convierten la inseguridad laboral
en un mecanismo más de disciplina de mercado, incluso dentro del propio sector
estatal. Y la dolarización parcial estratifica el consumo hasta en servicios
que antes eran gratuitos, se cobra a quien tiene, y se sostiene apenas una
protección precaria para el resto. Estos mecanismos son piezas de un mismo
diseño que necesita la desigualdad para funcionar, porque es ella la que genera
el incentivo de mercado que el Estado ya no puede generar por sí mismo. Ahora
bien, el riesgo de que la riqueza provenga del acceso privilegiado a
información, a relaciones políticas o al control de recursos públicos existe en
Cuba porque la reforma amplía las oportunidades de acumulación sin proponer
mecanismos de transparencia y control social. Esta apertura puede terminar
consolidando una oligarquía nacida desde el propio Estado. Y ese riesgo, una
vez materializado, es muy difícil de revertir, en cuanto esa nueva burguesía
consolida activos —vía el Programa Nacional de Valoración de Activos, vía la
compra de acciones—, deshacer esa concentración exige un costo político que
ningún actor con poder de veto va a estar dispuesto a asumir. La desigualdad,
dicho de otro modo, no se disuelve con el crecimiento, tiende a fijarse. Por
eso me preocupa que el debate se reduzca a cuánto crecerá el PIB o cuánta
inversión llegará al país. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, perder
cohesión social. Puede aumentar la productividad y reducir la capacidad de la
sociedad para controlar democráticamente la riqueza que produce. La cuestión
decisiva no es cuánto mercado admite una economía, sino quién gobierna ese
mercado. Si la riqueza termina concentrando también el poder político, el problema
ya no será únicamente la desigualdad; será la formación de un nuevo bloque
dominante. Si dentro de diez años Cuba es un país más próspero, pero también
más oligárquico, habremos cambiado el modelo económico sin resolver el problema
histórico de nuestro maltrecho socialismo. ¿Serán viables estas reformas
económicas sin ajustes al ordenamiento político? Tengo muchas dudas. No porque
toda reforma económica exija automáticamente un cambio del sistema político,
sino porque ninguna transformación de esta magnitud puede sostenerse sin
democratizar el ejercicio del poder. Y cuando hablo de democratización me
refiero a quién controla las decisiones económicas fundamentales y mediante qué
instituciones la sociedad puede supervisarlas. Las reformas proyectan enormes
cuotas de poder hacia empresas, bancos, inversionistas y nuevos actores
privados. Eso puede ser necesario para reactivar la economía. Lo que resulta
difícil de comprender es por qué esa descentralización no viene acompañada de
una ampliación equivalente del control ciudadano. Estamos creando empresas más
autónomas, pero no necesariamente más democráticas. Ese ha sido, precisamente,
uno de los grandes problemas del socialismo cubano. Durante demasiado tiempo
confundimos propiedad estatal con propiedad social. Pero una empresa no
pertenece realmente a la sociedad porque aparezca así en un documento.
Pertenece a la sociedad cuando quienes producen su riqueza y quienes dependen
de ella pueden conocer cómo funciona, participar en sus decisiones y exigir cuentas
a quienes la administran. La democratización económica no es un lujo para
tiempos mejores; es una condición para que la reforma siga siendo socialista.
Eso supone, más que hacer eficientes las empresas, transparencia sobre el uso
de los recursos públicos, rendición de cuentas, instituciones capaces de
prevenir conflictos de interés y espacios reales donde trabajadores y
ciudadanos puedan intervenir en las grandes decisiones económicas. De lo
contrario, la autonomía empresarial puede convertirse simplemente en autonomía
frente a la sociedad. Hay otro aspecto igualmente importante. Si las reformas
crean nuevos empresarios, nuevas relaciones laborales y nuevas formas de
propiedad, también deberían fortalecer la capacidad de organización de los
trabajadores. Un país que transforma profundamente su economía sin ampliar la
participación del trabajo corre el riesgo de desequilibrar aún más la relación
entre capital y sociedad. Todo esto resulta todavía más importante bajo las
condiciones excepcionales que impone el bloqueo estadounidense. Precisamente
porque Cuba enfrenta una presión externa extraordinaria necesita fortalecer su
cohesión interna. La Sherritt, después de más de tres décadas operando en Moa,
se retiró por sanciones que amenazaron cortarle el acceso al sistema bancario
internacional, y terminó en una venta forzada, en condiciones de liquidación, a
un fondo vinculado a un exasesor de la administración Trump. Conviene no perder
de vista que, si bien Cuba necesita divisas para que la banca privada y el
mercado cambiario funcionen, quien controla ese flujo de capital condiciona
cualquier alivio a una transformación política que el Gobierno ha declarado
fuera de la mesa. Solo en el discurso se puede desacoplar al mercado del
sistema. Pero esa cohesión interna, que solía descansar en la legitimidad
histórica de nuestro proyecto social, necesita construirse ahora sobre nuevas
formas de participación, transparencia y confianza pública, porque el margen
para el error se ha vuelto muy estrecho. Si al desmontar los subsidios
universales no existe un Fondo de Protección Social ya capitalizado y
operativo, la brecha entre el ajuste y la ayuda directa puede alimentar el
mismo malestar social que estalló en julio de 2021. Las reformas solo tendrán
estabilidad si la mayoría siente que participa de sus beneficios, pero también
de sus decisiones. Otra vez, el desafío consiste en impedir que la
modernización de la economía desemboque en una nueva concentración del poder,
ahora bajo formas de mercado. Si el horizonte sigue siendo el socialismo
—virtualmente ausente de las medidas anunciadas—, entonces la democratización
política y económica no puede llegar después de la reforma. Tiene que ser parte
de la reforma desde el primer día. ¿Qué modelos, fórmulas o concepciones consideras
debieron ser tenidas en cuenta? Creo que la discusión ha estado mal planteada
desde el principio. Se nos ha hecho creer que solo existen dos caminos, o
conservar un estatismo burocrático fracasado o avanzar hacia una economía cada
vez más gobernada por el mercado. Pero el problema nunca ha sido elegir entre
Estado y mercado; es decidir quién ejerce el poder sobre la economía. Si algo
ha demostrado la experiencia cubana es que la propiedad estatal, por sí sola,
no garantiza el socialismo. Una empresa puede ser formalmente pública y
funcionar de espaldas a la sociedad. Del mismo modo, admitir espacios de
mercado no implica necesariamente abandonar un horizonte socialista. Lo
decisivo es si la riqueza es sometida al control democrático o termina convirtiéndose
en patrimonio de una minoría, sea burocrática o privada. Por ejemplo, si las
empresas estatales van a ganar autonomía, también deberían ganar participación
de los trabajadores y mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Si el
sector privado va a crecer, el Estado debe impedir que el éxito económico se
convierta en poder político mediante impuestos progresivos, regulaciones
antimonopólicas y reglas estrictas contra los conflictos de interés. Si la
inversión extranjera será más importante, la sociedad tiene derecho a conocer
cuáles son las prioridades nacionales que esa inversión debe servir. En otras
palabras, sin contrapesos democráticos, el mercado deja de ser un instrumento
para desarrollar el país y se convierte en un mecanismo para concentrar riqueza
e influencia. También habría apostado mucho más por las formas de propiedad
verdaderamente sociales, como cooperativas, empresas cogestionadas por sus
trabajadores, iniciativas de desarrollo local y espacios donde las comunidades
participen en las decisiones sobre la riqueza que producen. Pienso, en
concreto, en redes de bancos cooperativos y fondos municipales de desarrollo,
gestionados localmente, capaces de captar remesas y reinvertirlas en la propia
comunidad en lugar de canalizarlas hacia la acumulación privada de unos pocos
actores. No porque estas experiencias vayan a sustituir al Estado o al mercado,
sino porque distribuyen poder. Y, al final, de eso trata el socialismo, de
impedir que el poder económico quede concentrado en pocas manos. Hay además una
lección que Cuba no debería perder de vista. Todas las transiciones económicas
producen nuevas clases sociales. Aunque esto no pueda evitarse, sí se debería
impedir que una nueva élite económica capture gradualmente al Estado. Ese
riesgo es aún mayor en un país donde una parte importante de la economía ha
estado históricamente administrada por estructuras estatales y empresariales
muy concentradas. La transparencia, el control de las instituciones de gobierno
a todos los niveles, la prensa pública y la participación ciudadana se vuelven
entonces mecanismos para proteger el carácter público de la riqueza nacional.
Por supuesto, ninguna de estas discusiones puede hacerse ignorando el bloqueo
estadounidense. Cuba necesita crecer bajo condiciones extraordinariamente
adversas y tiene derecho a buscar los instrumentos económicos que le permitan
sobrevivir. Pero precisamente porque enfrenta esa presión externa, es aún más
importante preservar aquello que históricamente distinguió al proyecto socialista,
la idea de que el desarrollo debía estar al servicio de la mayoría y no de una
nueva minoría privilegiada. En definitiva, creo que el verdadero debate no es
si Cuba debe parecerse más a China, a Vietnam o a cualquier otro modelo. Cómo
construir una economía capaz de generar riqueza sin renunciar a democratizar el
poder sigue siendo, a mi juicio, la tarea pendiente. Porque el futuro del
socialismo cubano no dependerá únicamente de cuánto crezca la economía.
Dependerá de si quienes producen la riqueza participan también en las
decisiones sobre su destino. Si las reformas solo modernizan los mecanismos de
acumulación, pero dejan intactas o incluso profundizan las relaciones de poder
existentes, habrán cambiado la economía sin transformar aquello que, desde una
perspectiva socialista, realmente importa: quién gobierna la riqueza colectiva
y en nombre de quién se gobierna.